
Os dejé con la miel en los labios con mi pérdida de virginidad cinematográfica (esa frase uso el profesor cuando le dije que ya había atacado
Gritos y Susurros), y he vuelto con dos pérdidas más:
Dancer in the Dark (ya había visto Rompiendo las Olas, pero esta se supone que es LA película) y
Funny Games (no había catado a Haneke antes).
Bergman... bueno, Bergman es otro asunto. Tras verle a él, me dan ganas de aporrear a Von Trier por seguir diciendo que él mismo es el mejor director de cine del mundo. Aunque sólo lo diga para provocar. ¡Qué desvergüenza! Bergman es raro, y es intenso.
Gritos y Susurros se mete en los ojos de las actrices (grandísimas suecas), les hace unos primeros planos imposibles y perennes, te angustia y te agobia porque no te deja catar el espacio, sino que te reduce al plano cerrado y, aún así, lo que te muestra, lejos de aburrir, interesa porque se te clava en las entrañas.
Juro que los primeros cinco minutos, en silencio, con esos planazos de las actrices en tamaño pantalla gigante, casi le tiro la zapatilla. Pero una vez pasado un rato, como decía Randy, te das cuenta de que está el cine, y luego está Bergman. Hay que estar preparado. ¿Me engancha Bergman? No sabría decir si me apasiona, pero me interesa. Y mucho. Y hablando de planazos, aquel super famoso de Nicole Kidman en
Birth no le llega a la suela de los zapatos a ninguno de los que vi en
Gritos y Susurros. Y, hablando de los otros dos que vienen detrás, tanto lío que se montó con la Huppert cortándose sus santas partes en
La Pianista (Haneke) y ahora con la Gaingsbourg en el
Anticristo (cansino Lars Von), y bien que lo hizo ya Bergman en esta película de 1973.
Detrás vino Lars Von. Iba dispuesta, ¿eh? Me cae como una patada en la entrepierna, pero iba motivada a
Dancer in the Dark porque todo el mundo llora tanto, todo el mundo lo siente tanto, que yo me senté expectante. Hasta me gustaban Bjork y sus gestitos. Al principio.
Al cabo de media hora quería tirarle, no la zapatilla, sino la bota. Y después quería matarlo. Que sí, que es una tragedia. Que sí, que lloré al final (también lloré como una magdalena en
Mar Adentro y quiero matar a Amenábar por esa cacho manipulación tan poco sutil). Que sí, que es original la música, el acoplar un género a una historia diferente. Pero, carallo, es tendencioso a dolor.
Los Estados Unidos son lo peor del mundo. A la tipa esta no es que le pase de todo, es que le pasa más. Su abogado no es que sea incompetente, es que es tonto, porque lo que tenía que apelar lo sé hasta yo, aún sin tener el motivo del asesinato. Y Catherine Deneuve está ahí puesta por si Bjork no nos hace llorar. La cámara, al estilo de Lars Von, innovador y, a veces, bonito. Y, a veces, un pestiñazo. Dos horazas de película exageradamente demagógica. Que yo ya sé que el cine modifica. Pero está el estilo (léase
Up!, que nos hace reir, llorar, emocionarnos y amarnos en hora y media sin necesidad de matarnos de aburrimiento) y está Lars Von, ahogado en su ego. Me cae tan mal que voy a verlas todas. Y a
Dogville vuelvo a ir motivada, que mi madre la amó y de mi madre me fío mucho.
Y, finalmente, la violencia por la violencia, uséase
Funny Games. Una, que se durmió en medio de
La Naranja Mecánica (película que tengo que recuperar, pero que me revuelve cada vez que la empiezo), presume algún homenaje uniformado hacia Kubrick. Una ama ese homenaje, así como que el director se empeñase en re-hacer el remake él mismo. Vi la versión americana, no por nada, sino porque, como una amiga dijo,
"son iguales, y así te ves al guapo de Michael Pitt".
Que guapo es, pero desconcertante también. Y, como siempre, la Naomi es una máquina. ¿Puedo decir que me gustó
Funny Games? Mmm... hombre, no es la película que me pondría por las tardes para pasar el rato. Pero es interesante. Al contrario que Bergman, este hombre ama los planos larguísimos pero generales. Cuando en
Gritos y Susurros estás claustrofóbico, queriendo salir del fotograma, en
Funny Games lo que quieres es acercarte. Y si, al final, te topas con un plano corto, el susto es mayúsculo. ¡Meca, si aquella figura era la Naomi!
Impresiona que Haneke (al contrario que Lars) huya de la violencia gráfica. Pase lo que pase, tú ves otra cosa. Y, claro, al final hasta esperas que te alivie dando algo de violencia en directo. Haneke juega con la mente del espectador, y lo hace de vicio. El final da más miedo que tres
Paranormal Activities seguidas (qué sustico, por cierto), porque te deja con el regustillo amargo. Ya pensé que iba a soñar con el Pitt y todo (Michael, no Brad).
Esta semana,
Sonrisas de una noche de verano, de Bergman;
Dogville, de Larsvon y
La Pianista, de Haneke. Poco a poco, pero con constancia.
Ya os contaré.