Perspectiva ya digo que no va a haber mucha, por eso de que acabé el episodio final hace diez minutos y estuve a un pasito de ponerme el piloto otra vez, de lo roto que tenía el corazón. Ya lo decía Álvaro, mi compa de piso, "A ti te va a dar un ataque cuando ya no te queden capítulos". Os voy a contar de qué va Friday Night Lights, y os voy a contar de qué no va. Friday Night Lights va de fútbol americano, sí señor. Vamos, va tanto que me he enamorado de ese deporte. Va de un hombre, Eric Taylor, que se muda a un pueblo de Tejas, Dillon, con su familia y que se enfrenta a una nueva ciudad y a un nuevo equipo de fútbol: los Panthers. Va de todos los jugadores que conviven con él los primeros tres años de su vida en Dillon. Sí, sólo tres años, porque después la serie cambia de personajes por completo, y en la cuarta temporada te presenta a un puñado de gente que ni conocías ni te importaban. Y ahora, de repente, se convierten en tu familia. Friday Night Lights te mete en la piel de todos y cada uno de ellos, como no me había metido una serie en su mundo en muchísimo tiempo (probablemente desde Las Chicas Gilmore, pero ésa es otra historia).
Tengo nostalgia de Dillon, de la ciudad que no conozco, de la vida de los viernes por la noche en la que todos los texanos van al partido de fútbol del instituto, de la adolescencia americana que sólo he vivido a través de las películas y de las series, y de los amigos ficticios a los que nunca veré. Tengo nostalgia de Tejas, a pesar de que nunca antes me había llamado la atención, y de la libertad que supone meterse en una camioneta y poner millas entre tú y tu pasado, con la certeza de que queda mucho aún por andar. Probablemente también tengo nostalgia porque ayer, antes de ir a tirarnos en la playa a ver las estrellas, mis amigos RJ y Matt me confirmaron que sí, uno en Kentucky y el otro en Tejas, ambos vivían esos viernes cuando eran jóvenes.
Me hace gracia ver una serie tan americana cuando estoy a puntito de abandonar el país. Y por americana no me refiero, ni mucho menos, a rancia. Es una serie que habla del sur de este país y que, en muchos aspectos, consigue que lo identifiques con tu propia casa. No es una serie que vaya de personajes a lo Bruce Willis. La grandeza de FNL es que, se gane o se pierda el partido, la historia permanece. Y pase lo que pase, los personajes siguen sólidos y débiles. Aciertan y también cometen errores.
FNL habla de cómo los sueños se le destrozan a una promesa del deporte cuando se queda paralítico. Habla de hermanos que se cuidan mutuamente, de gente que tiene sueños y no se conforma con lo que los demás opinan de ellos. Habla de hijos que han de cargar con responsabilidades de padres, y padres que actúan como si fuesen adolescentes. Lo mejor de FNL, sin embargo, lo que hace que esta serie sea única, lo que todo el mundo alaba, con razón, y lo que debería arrastrar a las masas a verla, es la relación de los Taylor. No sólo del matrimonio, una pareja feliz que, como todos, tiene sus buenos momentos y sus malos momentos. También habla de sus hijos, de una adolescente como yo, o como cualquier adolescente a la que yo conocía hace diez años. Al ver a Eric y Tami Taylor uno se pregunta por qué no hay más matrimonios bien avenidos en las series, si son carne de drama.
Me parece que no le estoy haciendo ninguna justicia a Friday Night Lights, pero es que yo me metí en esta serie de puntillas, pensando que, ya que estaba en Netflix en Internet, podía pasarme unos días interesantes viendo de qué iba esto del fútbol americano. Nunca, nunca, nunca me hubiese imaginado esta marabunta de emociones hacia un drama que acabó el año pasado, tras temporadas con problemas, y tras dos Emmys en su última edición, uno para Kyle Chandler, actor protagonista, y otro para Jason Katims, guionista del capítulo final.
También está el hecho de que me enamoré, cual quinceañera, de Taylor Kitsch (próximamente en sus cines haciendo de John Carter, por cierto) y debe ser lo más googleado en mi ordenador desde hace semanas. Probablemente porque su personaje en la serie, Tim Riggins, mi favorito, es un lujazo para un actor, y para él, que lo borda, más.
No os puedo recomendar Friday Night Lights lo suficiente. Con la de series originales, tramas de asesinos, escritores que se dedican a formicar en California o tipiños que nunca encuentran a la madre de sus hijos, FNL suena de lo más simple. Un pueblo. Un deporte. Un drama cada día.
Sin embargo, precisamente por su sencillez, que no simpleza, se convierte en algo grande. Porque no es necesario dar un salto de fe y creerse que vives en un hospital en Seattle en el que todos se acuestan con todos. Vale, estás en Texas, y en vez de al fútbol, estos brutos juegan a su versión americana. ¿Y qué? Sus historias son mías.
He vivido en Texas el último mes, y ya lo echo de menos. Claro que he vivido en Estados Unidos mis últimos dos años y medio, y ya lo hecho de menos también. Debe ser por eso que FNL se ha convertido en mi serie favorita (junto con Friends, obviamente).
Miradas limpias y corazones llenos no pueden perder. Ahí os lo dejo y ya me callo.





