lunes 2 de noviembre de 2009

Run, run, run

En inglés se les denomina "underdogs". Son esas personas que, siendo cero especiales, consiguen hazañas extraordinarias. Sin irnos al dichoso viaje del héroe de Joseph Campbell, os idré que el mundo está lleno de underdogs y las suyas son las historias más fascinantes.
Hoy tuvo lugar la famosa Maratón de Nueva York. Como van y la colocan un día después de Halloween, ni me planteé madrugar. Para cuando me acerqué a Bedford Avenue ya sólo corrían los lentos. Los underdogs de la carrera. Para estos, ganar la maratón no es un objetivo. La meta es hacerla. Y cada persona corría por algo.
Los había corriendo a favor de grandes causas: cáncer, pobreza, derechos de la infancia... Había quien corría para demostrar que no hay nada imposible: con muletas, descalzos, con la Torre Eiffel a la espalda, haciendo malabarismos, ciegos... Y, después, había quien corría para probar que vivir mola, como el hombre que tenía escrito en su camiseta (bueno, y en las arrugas de su cara): Nacido en 1912.
Cada vez que, de ahora en adelante, piense que no se puede, me voy a acordar de este hombre. Y, de 31 a 31, este año me hago la San Silvestre ovetense.

Niuyork se vuelve naranja


Halloween en New York City. Se dice rápido, pero engloba demasiado. Con la sensación de estar, por fin, ante una de las grandes celebraciones americanas, la asturiana de la Manzanota se cuestionó a dónde ir.

O bien a la fiesta masiva de Bushwick, o a una V.I.P. a ver a las gemelas Olsen, o a una recomendada por un majo que me recuerda a mi amigo Fran, o a la de mi camarero de Chai Lattes, o a la de los alumnos de la NYFA. Menos mal que a la del camarero no fui, porque él nunca llegó a ella.

Escogimos la de la NYFA, claro. Puestos a hacer el tonto, mejor hacerlo entre poca gente. Quedó demostrado en el desfile que Tamara, Matilde y yo somos de las pocas mujeres que se han disfrazado de verdad (la portera de Tamara lo celebró cuando nos vió). Las demás féminas de la ciudad llevaban la versión porno de diferentes atuendos (no seré yo quien las culpe... viendo cómo acabó mi noche, el año que viene voy en pelotas). Lo dicho, mejor hacer el ridículo en la intimidad. Tamara se disfrazó de diosa griega muerta pero zombie, Matilde de gótica y la menda de Shaun of the Dead (otro día discutimos mi afán por trasvestirme que no me da más que disgustos). Aparte de eso, en el desfile diluvió y nuestros churretones de sangre y maquillaje empeoraron. Lo dicho, juapas, juapas.

Matilde y yo nos fuimos a Astoria (Queens) a la fiesta. Qué majos todos. Qué monos. Y qué peques. Yo era de las mayores. Por eso cuando hizo su entrada EL HOMBRE (paso de volver a decir que es super americano, que siempre que suelto eso, a la media hora de conversación me dicen que son irlandeses) yo pensé: "Esta es la mía."

Error. Con barba y sangre por la cara no se liga. Con barba y sangre por la cara se hace el payaso. Ya lo decía el susodicho, que NO iba disfrazado: "Los tíos sólo se disfrazan cuando tienen novia." Claro. Y nosotras deberíamos aprender. Estas tontunadas de ir de Chaplin, de Vito Corleone o de Shaun tengo que empezar a hacerlas cuando ya tenga al hombre, no antes. Un punto a su favor, de todas formas, es que (aparte de ser guapo, tener una gran sonrisa, ser irlandés...) ama Shaun of the Dead y no le tuve que explicar nada más.

Ya os mantendré informados, pero creo que a éste no le veo más en la vida. Ahora bien, acabar la noche con "Creo que estarías más guapa sin barba."... eso sí que no tiene precio. Chicos, explicadme si eso era una forma encubierta de tirar los trastos o de, ya, rematarme la desgracia nocturna.

¡Feliz Halloween pasado!

Mi vida con mi colada


Debería agradecerle a Isabel Coixet la poesía que envuelve cada uno de mis viajes a la lavandería. Porque esperar ansiosamente una tarea tan aburrida sólo pasa cuando eres fan de Mi Vida sin Mí y amas a Mark Ruffalo. Bueno, eso y que tienes de en que los hombres guapos no solo hagan la colada, sino que la hagan a la misma hora que tú.

Esto último aún no me ha pasado. Sin embargo, cada uno de mis viajes a la lavandería me gusta más que el anterior. Verla es casi como ir al Empire State. Espectáculo garantizado. Si ya de por sí se me hace raro tener que ir a otra parte a lavar mi ropa interior, el hecho de que no solo yo, por joven, sino padres de familia, por neoyorquinos, tengan que seguir este ritual, me encanta.

Pero claro, yo soy una fanática de las lavadoras. No hay nada que me guste más que la ropa limpita. De hecho, poner lavadoras y planchar son dos actividades bastante placenteras que me relajan.

Así que puede que entre tanto detergente no me haga falta un hombre bello para ayudarme a encontrar la paz.

martes 27 de octubre de 2009

Inquietando...


Os dejé con la miel en los labios con mi pérdida de virginidad cinematográfica (esa frase uso el profesor cuando le dije que ya había atacado Gritos y Susurros), y he vuelto con dos pérdidas más: Dancer in the Dark (ya había visto Rompiendo las Olas, pero esta se supone que es LA película) y Funny Games (no había catado a Haneke antes).

Bergman... bueno, Bergman es otro asunto. Tras verle a él, me dan ganas de aporrear a Von Trier por seguir diciendo que él mismo es el mejor director de cine del mundo. Aunque sólo lo diga para provocar. ¡Qué desvergüenza! Bergman es raro, y es intenso. Gritos y Susurros se mete en los ojos de las actrices (grandísimas suecas), les hace unos primeros planos imposibles y perennes, te angustia y te agobia porque no te deja catar el espacio, sino que te reduce al plano cerrado y, aún así, lo que te muestra, lejos de aburrir, interesa porque se te clava en las entrañas.

Juro que los primeros cinco minutos, en silencio, con esos planazos de las actrices en tamaño pantalla gigante, casi le tiro la zapatilla. Pero una vez pasado un rato, como decía Randy, te das cuenta de que está el cine, y luego está Bergman. Hay que estar preparado. ¿Me engancha Bergman? No sabría decir si me apasiona, pero me interesa. Y mucho. Y hablando de planazos, aquel super famoso de Nicole Kidman en Birth no le llega a la suela de los zapatos a ninguno de los que vi en Gritos y Susurros. Y, hablando de los otros dos que vienen detrás, tanto lío que se montó con la Huppert cortándose sus santas partes en La Pianista (Haneke) y ahora con la Gaingsbourg en el Anticristo (cansino Lars Von), y bien que lo hizo ya Bergman en esta película de 1973.

Detrás vino Lars Von. Iba dispuesta, ¿eh? Me cae como una patada en la entrepierna, pero iba motivada a Dancer in the Dark porque todo el mundo llora tanto, todo el mundo lo siente tanto, que yo me senté expectante. Hasta me gustaban Bjork y sus gestitos. Al principio.
Al cabo de media hora quería tirarle, no la zapatilla, sino la bota. Y después quería matarlo. Que sí, que es una tragedia. Que sí, que lloré al final (también lloré como una magdalena en Mar Adentro y quiero matar a Amenábar por esa cacho manipulación tan poco sutil). Que sí, que es original la música, el acoplar un género a una historia diferente. Pero, carallo, es tendencioso a dolor.

Los Estados Unidos son lo peor del mundo. A la tipa esta no es que le pase de todo, es que le pasa más. Su abogado no es que sea incompetente, es que es tonto, porque lo que tenía que apelar lo sé hasta yo, aún sin tener el motivo del asesinato. Y Catherine Deneuve está ahí puesta por si Bjork no nos hace llorar. La cámara, al estilo de Lars Von, innovador y, a veces, bonito. Y, a veces, un pestiñazo. Dos horazas de película exageradamente demagógica. Que yo ya sé que el cine modifica. Pero está el estilo (léase Up!, que nos hace reir, llorar, emocionarnos y amarnos en hora y media sin necesidad de matarnos de aburrimiento) y está Lars Von, ahogado en su ego. Me cae tan mal que voy a verlas todas. Y a Dogville vuelvo a ir motivada, que mi madre la amó y de mi madre me fío mucho.

Y, finalmente, la violencia por la violencia, uséase Funny Games. Una, que se durmió en medio de La Naranja Mecánica (película que tengo que recuperar, pero que me revuelve cada vez que la empiezo), presume algún homenaje uniformado hacia Kubrick. Una ama ese homenaje, así como que el director se empeñase en re-hacer el remake él mismo. Vi la versión americana, no por nada, sino porque, como una amiga dijo, "son iguales, y así te ves al guapo de Michael Pitt".
Que guapo es, pero desconcertante también. Y, como siempre, la Naomi es una máquina. ¿Puedo decir que me gustó Funny Games? Mmm... hombre, no es la película que me pondría por las tardes para pasar el rato. Pero es interesante. Al contrario que Bergman, este hombre ama los planos larguísimos pero generales. Cuando en Gritos y Susurros estás claustrofóbico, queriendo salir del fotograma, en Funny Games lo que quieres es acercarte. Y si, al final, te topas con un plano corto, el susto es mayúsculo. ¡Meca, si aquella figura era la Naomi!

Impresiona que Haneke (al contrario que Lars) huya de la violencia gráfica. Pase lo que pase, tú ves otra cosa. Y, claro, al final hasta esperas que te alivie dando algo de violencia en directo. Haneke juega con la mente del espectador, y lo hace de vicio. El final da más miedo que tres Paranormal Activities seguidas (qué sustico, por cierto), porque te deja con el regustillo amargo. Ya pensé que iba a soñar con el Pitt y todo (Michael, no Brad).

Esta semana, Sonrisas de una noche de verano, de Bergman; Dogville, de Larsvon y La Pianista, de Haneke. Poco a poco, pero con constancia.

Ya os contaré.

jueves 22 de octubre de 2009

Batería Baja


Soy mala.
Llevo años (creo que desde tuve que empezar a estudiar en serio) intentando que mi cuerpo se acostumbre a dormir seis horas al día. Odio pensar que pierdo 8 horas al día durmiendo (aunque me encanta). Pero lo que aún no me entra en la cabeza es que mi cuerpo necesita esas ocho horas porque es un cuerpo al que le encanta sobarse por las esquinas y, si no duerme en cama, intentará encontrar el sueño fallido en... La Huelga, de Einsestein; entre las paradas de Union Square y Prince Street (que son dos), mientras escribo el guión en la escuela (no es broma, mis manos escriben pero mis ojos no enfocan para nada), mientras hago exámenes (un cincazo de Marta que casi acaba en suspenso porque en ese me eché una bonita siesta) y... bueno, de autobuses, coches y trenes mejor no hablamos.
Esto viene a cuento porque hoy llegué matada a clase tras una semana durmiendo entre cinco y seis horas. Sí, ya sé que parezco una rata débil, pero os juro que mi cuerpo no se acostumbra a ese ritmo.
Y cuando estaba a punto de abrir la boca para quejarme, Ryan me contó que había dormido sólo cuatro horas, entre escribir lo que tenemos que escribir (misma razón que yo) y una proyección a la que fue a las 10.30 de la mañana. Y pensé: "Casi mejor que me callo lo de las seis horas."
Un tiempo después, en clase, cuando casi vuelvo a soñar, miré a Tamara que me decía: "Que me duermoooo." Y le vocalicé: "Y yooo." Y me contestó: "Dormí sólo una hora."
¿Una hora? ¿Una hora? Recuerdo bastante bien las noches en las que he dormido tan poco, y las noches suelen ser grandiosas, pero el día de después es un desastre.
Ryan entró en una fraternidad, de esas que vemos en las pelis, y no le hicieron ninguna novatada más que la siguiente: le tuvieron seis semanas (¡¡SEIS SEMANAS!!) durmiendo una media de tres horas al día. Arre carallo. A mí a la semana me hubiese dado un paro y, si no fuese eso, a la semana y media me hubiese asesinado alguien por cansina (que cuando no duermo me pongo muy pesada).
Ay, cómo envidio ahora la capacidad de algunos de dormir 20 horas seguidas...

domingo 18 de octubre de 2009

Bergman

La frase literal de mi profesor Randy (el que salta cuando habla de Star Wars) fue: "Ver una película de Ingmar Bergman por primera vez es como tener sexo por primera vez con un adulto. Hay que estar preparado."
Yo, que por muy cinéfila que sea tengo unas bonitas lagunas cinematográficas (y grandes defectos, como que las vanguardias rusas me dan sueño), aún no me he acostado con Bergman, pero va a suceder hoy, y voy a empezar con Gritos y Susurros. Porque no se puede estudiar el drama e ignorar a este hombre. Cuando acabe con él, que sí que me apetece, empezaré con el dichoso Von Trier, que me cae fatal. Snif.

Psicoanalizándonos


Tengo una profesora de guión a la que odié a la primera, y amé a la segunda. Ahora tenemos momentos. Cada vez que pone verde a Woody Allen a mí se me erizan los pelos, y cuando se mete con el 90% de las películas, más. Pero es interesante lo que cuenta, y una se aprovecha de ella.

Su clase se llama Elementos de la narrativa dramática, pero podría llamarse Terapia Para Guionistas. El otro día, en vez de secuenciar por décima clase seguida Shaun of the Dead, nos explicó que no es malo que, a mitad de un guión, nos demos cuenta de que estamos escribiendo sobre nosotros.

Ahora está escribiendo una comedia romántica. La forma de presentarle la historia a los productores fue la siguiente: "Todos tenemos una persona en la cabeza con la que seguimos hablando. Sólo en la cabeza, porque ya no forma parte de nuestro día a día. ¿Qué pasaría si pudiesemos finalizar esa conversación?" A mí me parece un puntazo de presentación. Claro que, visto lo visto, y cómo se abrió el corazón al explicarla, me da a mí que los guionistas somos un desastre.

"Levantad la mano todos los que empezásteis a escribir el guión, y a la mitad os disteis cuenta de que hablaba de vosotros." Media clase con la mano alzada. "Muy bien, eso quiere decir que estáis en el punto intermedio. Podéis contar la historia porque está casi superada, pero no está olvidada, por eso necesitáis contarla."

Más tarde os hablaré de su teoría de la Mancha Moral, que no tiene desperdicio. Que una mujer que hace psicoanálisis en su clase odie al pobre Allen... a mí no me entra en la cabeza.