martes 6 de marzo de 2012

Clear eyes, full hearts, can't lose

Tenía unas ganas horrorosas de escribir esto. Precisamente porque soy una intensa y un tanto cansina, me prometí a mí misma escribir una vez, solo una, sobre Friday Night Lights en este blog. Y obviamente no iba a desaprovechar la ocasión contándoos sólo cosas de la primera temporada. Una tenía que hacer la frikada de siempre y verse la serie entera, a lo bestia, en un mes, para narrarlo en perspectiva. De hecho no sé si la he acabado hoy porque quiero recuperar mi vida, o porque quería soltarlo todo.

Perspectiva ya digo que no va a haber mucha, por eso de que acabé el episodio final hace diez minutos y estuve a un pasito de ponerme el piloto otra vez, de lo roto que tenía el corazón. Ya lo decía Álvaro, mi compa de piso, "A ti te va a dar un ataque cuando ya no te queden capítulos".

Os voy a contar de qué va Friday Night Lights, y os voy a contar de qué no va. Friday Night Lights va de fútbol americano, sí señor. Vamos, va tanto que me he enamorado de ese deporte. Va de un hombre, Eric Taylor, que se muda a un pueblo de Tejas, Dillon, con su familia y que se enfrenta a una nueva ciudad y a un nuevo equipo de fútbol: los Panthers. Va de todos los jugadores que conviven con él los primeros tres años de su vida en Dillon. Sí, sólo tres años, porque después la serie cambia de personajes por completo, y en la cuarta temporada te presenta a un puñado de gente que ni conocías ni te importaban. Y ahora, de repente, se convierten en tu familia. Friday Night Lights te mete en la piel de todos y cada uno de ellos, como no me había metido una serie en su mundo en muchísimo tiempo (probablemente desde Las Chicas Gilmore, pero ésa es otra historia).

Tengo nostalgia de Dillon, de la ciudad que no conozco, de la vida de los viernes por la noche en la que todos los texanos van al partido de fútbol del instituto, de la adolescencia americana que sólo he vivido a través de las películas y de las series, y de los amigos ficticios a los que nunca veré. Tengo nostalgia de Tejas, a pesar de que nunca antes me había llamado la atención, y de la libertad que supone meterse en una camioneta y poner millas entre tú y tu pasado, con la certeza de que queda mucho aún por andar. Probablemente también tengo nostalgia porque ayer, antes de ir a tirarnos en la playa a ver las estrellas, mis amigos RJ y Matt me confirmaron que sí, uno en Kentucky y el otro en Tejas, ambos vivían esos viernes cuando eran jóvenes.

Me hace gracia ver una serie tan americana cuando estoy a puntito de abandonar el país. Y por americana no me refiero, ni mucho menos, a rancia. Es una serie que habla del sur de este país y que, en muchos aspectos, consigue que lo identifiques con tu propia casa. No es una serie que vaya de personajes a lo Bruce Willis. La grandeza de FNL es que, se gane o se pierda el partido, la historia permanece. Y pase lo que pase, los personajes siguen sólidos y débiles. Aciertan y también cometen errores.

FNL habla de cómo los sueños se le destrozan a una promesa del deporte cuando se queda paralítico. Habla de hermanos que se cuidan mutuamente, de gente que tiene sueños y no se conforma con lo que los demás opinan de ellos. Habla de hijos que han de cargar con responsabilidades de padres, y padres que actúan como si fuesen adolescentes. Lo mejor de FNL, sin embargo, lo que hace que esta serie sea única, lo que todo el mundo alaba, con razón, y lo que debería arrastrar a las masas a verla, es la relación de los Taylor. No sólo del matrimonio, una pareja feliz que, como todos, tiene sus buenos momentos y sus malos momentos. También habla de sus hijos, de una adolescente como yo, o como cualquier adolescente a la que yo conocía hace diez años. Al ver a Eric y Tami Taylor uno se pregunta por qué no hay más matrimonios bien avenidos en las series, si son carne de drama.

Me parece que no le estoy haciendo ninguna justicia a Friday Night Lights, pero es que yo me metí en esta serie de puntillas, pensando que, ya que estaba en Netflix en Internet, podía pasarme unos días interesantes viendo de qué iba esto del fútbol americano. Nunca, nunca, nunca me hubiese imaginado esta marabunta de emociones hacia un drama que acabó el año pasado, tras temporadas con problemas, y tras dos Emmys en su última edición, uno para Kyle Chandler, actor protagonista, y otro para Jason Katims, guionista del capítulo final.

También está el hecho de que me enamoré, cual quinceañera, de Taylor Kitsch (próximamente en sus cines haciendo de John Carter, por cierto) y debe ser lo más googleado en mi ordenador desde hace semanas. Probablemente porque su personaje en la serie, Tim Riggins, mi favorito, es un lujazo para un actor, y para él, que lo borda, más.

No os puedo recomendar Friday Night Lights lo suficiente. Con la de series originales, tramas de asesinos, escritores que se dedican a formicar en California o tipiños que nunca encuentran a la madre de sus hijos, FNL suena de lo más simple. Un pueblo. Un deporte. Un drama cada día.

Sin embargo, precisamente por su sencillez, que no simpleza, se convierte en algo grande. Porque no es necesario dar un salto de fe y creerse que vives en un hospital en Seattle en el que todos se acuestan con todos. Vale, estás en Texas, y en vez de al fútbol, estos brutos juegan a su versión americana. ¿Y qué? Sus historias son mías.

He vivido en Texas el último mes, y ya lo echo de menos. Claro que he vivido en Estados Unidos mis últimos dos años y medio, y ya lo hecho de menos también. Debe ser por eso que FNL se ha convertido en mi serie favorita (junto con Friends, obviamente).

Miradas limpias y corazones llenos no pueden perder. Ahí os lo dejo y ya me callo.

domingo 26 de febrero de 2012

El santo del tío (Óscar, claro)

"Lo que hay que olvidar es esa creencia de que los Oscar, como los Goya o los Cesar, reconocen lo mejor del cine. Porque no es así."

Sabia frase que escuché el otro día en una conversación a propósito del artículo que publicó la semana pasada el LA Times que definía a La Academia (de Hollywood, obviamente) como mayormente masculina, blanca y mayor de 62 años (los datos susurran al oído "Por eso ganó el rey tartamudo frente al caralibro hace un año"). A mí, que los premios me solían gustar y que cada año me desencantan más, aunque intento que no lo hagan porque la ilusión por verlos es algo que no me apetece perder, también se me olvida que los premios, en verdad, no eligen "lo mejor" del año. Lo mejor lo elige el tiempo. Y el tiempo ya dice si Una Mente Maravillosa fue lo mejor de 2001, o si lo fueron Moulin Rouge! o La Comunidad del Anillo. Qué caray, el tiempo hace mucho que decidió que la película de 1982 no era, como la Academia acordó, Gandhi, sino E.T. Así que en unos años veremos si The Artist es la gran película que todos dicen que es o si, por el contrario, es un bluf.

A mí, personalmente, me parece un poco bluf. No porque le falte calidad ni mucho menos, sino porque no es más que un homenaje básico. Quiero decir, La Invención de Hugo es un homenaje a George Melies que usa la tecnología a su disposición para hacernos recordar la magia inicial del cine. The Artist cuenta, en formato clásico, una historia clásica. Hace una película de los años 20 en 2012. Y olé por ello y por llevar a la gente a las salas a ver una película en blanco y negro y sin diálogos.

Pero no es la mejor película del año, porque es una repetición. Igual que Criadas y Señoras es la repetición de un drama que ya hemos visto mil veces y que, por eso, no nos llena. Igual que War Horse es la misma película del animal que se pierde y al que hay que encontrar. Igual que The Descendants me parece la peli independiente que intenta ser sutil del año, pero que de tanta sutileza, a mí no me llega al alma. Igual que La Boda de Mi Mejor Amiga me parece Resacón en las Vegas con mujeres, pero no como piropo.

Todo está ya inventado, obviamente. Pero es sorprendente cuando algo que está inventado se convierte en algo nuevo. De ahí que yo siga apoyando a 50/50, una comedia sobre el cáncer que demuestra que un tema serio no está reñido con una historia realista y con sentido del humor, o a Beginners, la historia de amor entre padre e hijo más bonita de año, o a Drive, que me parece tensa y lenta, y sí que es un piropo, o Los Hombres que Amaban a las Mujeres que, sí, es un remake, pero es un remake de David Fincher, y eso son palabras mayores, o Shame, que puede no gustar a todos, pero que incluye dos de las mejores interpretaciones del año, las de Michael Fassbender (aún no me creo que no esté nominado a los Oscar) y Carey Mulligan (que ni estaba en ninguna quiniela, injustamente).

La temporada de premios lleva cantada desde que, en Noviembre, yo fui a ver la de Alexander Payne. Por eso no me gustan estos meses para juzgar una película, porque las estrenan ahora para que nadie las olvide y las nomine. ¿Acaso no es eso triste? ¿Acaso no prueba eso poca fe en la durabilidad de una película, el que vaya a olvidarla si se estrena antes de septiembre?

A su vez, se me hace difícil juzgar películas. Te puede gustar más o menos, pero al final todo se reduce a lo que sientes mientras la ves. Por eso yo puedo decir que The Descendants tiene un guión flojo y no tiene corazón, y la señora que se sentaba al lado de Álvaro en la sala de cine probablemente piense lo contrario porque lloró como una magdalena durante toda la proyección. Puedo decir que Moneyball me parece un guión mil veces mejor, o que Midnight in Paris me parece una peli mona, y no mucho más. Pero... el tiempo dirá, no los Óscar.

Harvey Weinstein se conoce al público al cual debe trabajarse, y ese público lleva años respondiendo a sus intensas campañas de marketing. Este año puede volver a pasar, y tiene pinta de que así será. Pero... el tiempo dirá, no Harvey Weinstein.

Y, si no, os lo digo desde ya. ¿Cuánta gente sigue acordándose este año del guión de La Red Social y sus maravillas, y cuántos mencionan, en el mismo sentido, al rey tartamudo? Pues eso. De lo que nadie se da cuenta es que, con la tontería, el valor de los Óscar se devalúa más y más cada año. ¿Son lo mejor? No, señores. Pero esto es Hollywood. Y Hollywood es un espectáculo. Por eso paso de los premios y voy a ver a Billy Crystal. Otra cosa no, pero ilusión por ver a Harry la tengo toda. Y porque, obviamente, gane Trueba. Nacionalista, todo lo que queráis.

PS: El perro de Beginners mola más que el de The Artist.

viernes 24 de febrero de 2012

Estamos en el intermedio, España

El domingo 5 de Febrero tuvo lugar la Superbowl que enfrentaba a los Patriots de Boston con los Giants de Nueva York. Ganaron estos últimos. Madonna fue la encargada de amenizar el intermedio con un show de muy padre y señor mío en el que cada cinco minutos había parones. Porque, de todas las emisiones, la Superbowl es la niña bonita de los publicistas, y los anuncios que se ven durante esas horas pasan por ser los mejores del año.

El petardazo llegó con Clint Eastwood protagonizando el anuncio de Chrysler antes de la actuación de la reina del pop. En él, Eastwood animaba a sus compatriotas a salir de la crisis siguiendo el ejemplo de Detroit, la ciudad del motor, que poco a poco resurge de sus cenizas: “Porque eso es lo que hacemos, encontramos una forma de atravesar las crisis y, si no hay ninguna forma, la creamos”.

Estados Unidos es muy criticado por su patriotismo, que identificamos con banderas a las puertas de casas, el canto del himno antes, durante y después de todo tipo de celebraciones o de eventos deportivos y, desafortunadamente, también asociamos  a George W. Bush entrando como un elefante en una cacharrería en diversos países del Cercano Oriente y Oriente Medio.

El patriotismo americano, sin embargo, es escuchar al tío Clint en mitad de la Superbowl uniendo un símbolo como es la ciudad del motor con la crisis económica y concluir que “también estamos en el intermedio en América, pero la segunda mitad de nuestra historia está a punto de empezar y el mundo oirá el rugido de nuestros motores”. ¿Sabéis qué logra eso? Animar a la sociedad. Porque los americanos, con la mente práctica que poseen, creen que sí, que pueden lograr salir de la crisis si todos se ponen a ello.

Yo, que llevo casi tres años viviendo en este país (aunque, como dicen mis amigos, entre Los Ángeles y Nueva York creo que me he perdido conocer la verdadera América), tengo que volver a casa en abril porque la tierra de los sueños tiene visados de pesadilla. Y lo cierto es que siempre había deseado volver a España…  Pero a España no solo le faltan empleos, subvenciones, jóvenes de mi edad que se han ido a buscar trabajo fuera, dinero para educación, cultura, I+D+I, científicos, ahora series de televisión, probablemente cine, jueces justos, políticos incorruptibles, pensiones o discursos como los de Obama. A España ahora le falta ilusión. Le faltan ganas. Le falta esperanza.

Chrysler y su anuncio apelan al núcleo de lo que significa ser americano: podemos con esto. En España, en cuanto nos alejamos de las selecciones, Nadal, Contador o Alonso, parece que no podemos con nada. Hay una nube negra sobre nuestras cabezas que nos impide ver más allá. Intentamos buscar el camino, pero no lo encontramos y andamos dando tumbos, intentando apartar la maleza sin pensar que, en este momento, quizá deberíamos abrir otro camino. Nos enfadamos; mucho y con todos. Nos polarizamos, dividimos y gritamos en vez de unirnos, superar las diferencias y pensar que, al menos en este embrollo, caminamos todos juntos.

 Aquí tuvimos nuestro anuncio particular - el spot navideño de los humoristas que rendían homenaje a Gila - en el que nos pedían que, ante la que está cayendo, nos sigamos riendo. Y deberíamos, porque a los españoles, que somos de otra pasta, no nos hacen tanto efecto los mensajes dirigidos a los americanos como un tipo hablando por teléfono.  Pero el caso es que con la ilusión se nos ha ido también el sentido del humor. Carecemos de ambos y, con ello, falta de todo, principalmente trabajo. Y ese es un problema de todos nosotros, incluidos quienes, como yo, no saben si quieren volver por la falta de perspectivas.

A España le falta ilusión, pero le sobra en abundancia gente que alguna vez tuvo sueños. Igual necesitamos un anuncio de coches en medio del Clásico para recordárnoslo. Pero ¿no sería bonito que ahora mismo hiciésemos memoria de quiénes quisimos ser y, por un momento, creamos que podemos serlo? Como personas pero, en esta ocasión y más que nunca, también como país.

(Edición de José Ramón L. Patterson)

sábado 18 de febrero de 2012

Con buenos ojos

Iba yo caminando, sí, caminando, hoy al banco cuando un hombre se bajó de un coche y me saludó con la cabeza. Le devolví el saludo, porque esto es como cuando vas por la aldea: no conoces pero saludas a los cuatro compatriotas que, como tú, gastan asfalto con las suelas. El hombre venerable me deseó un buen día y, antes de irme, me dijo que estaba bella, probablemente como siempre.

Os voy a confesar que con tanta experiencia en el país de lo políticamente correcto, echo de menos los piropos de la calle, los de los obreros. Que ya sé que queda mal admitirlo, pero qué le voy a hacer, son el pan nuestro de cada día en Madrid y, claro, estar en sequía casi tres años a una le provoca morriña.

Allá por cuando yo estaba en la Universidad, en un día de calor, recuerdo cruzar la puerta de Alcalá en obras, como siempre, y escuchar a un obrero chillar "¡Guaaaaaaaaapa!". Yo bajé la cabeza, aparentando ser una señorita recatada, y me crucé con otro de sus compañeros que me miró y me dijo: "Uy, no te pongas así, no me digas que no te gustó". Y a mí me dio la risa, claro, porque me había gustado. Que te suelten un piropo siempre gusta, sobre todo si es educado. Y los piropos obreros de Madrid, será por ese aire castizo, o será porque cada vez que pienso en la capital me creo que vivo en una zarzuela, como que te alegran el día.

Espero, crisis mediante, que el piropeo siga siendo costumbre madrileña, por Dios. Que nos quiten lo que sea, pero que no nos quiten los cumplidos. Que tal vez no tenga trabajo que me haga sentir realizada, o novio que me adore, pero mi ego sigue a mi lado y necesita que se le abrillante de vez en cuando.


viernes 17 de febrero de 2012

De tiempos y perspectivas

Os escribo desde una cafetería, tras pasear durante media hora por West Hollywood y comer en una terraza fisgando gente. Parece que mi vida neoyorquina (obviamente, neoyorquina de primavera, no de febrero) se ha colado en el día de hoy.

Os escribo porque el lunes es President's Day y hay puente (sí, tienen un día para celebrar a sus presidentes... qué digo un día, a este paso tienen más días de puente que España entera), y no sabéis lo contenta que me he puesto, y no sabéis de lo que me he acordado.

Veréis, esta semana descubrí el disco de Adele, el que se ha llevado todos los Grammys. Es carne de mi lista de reproducción de iTunes que archiva todas mis canciones para hundir un corazón roto. Con la diferencia de que ahora mismo, como ni estoy enamorada ni desenamorada, Adele me encanta, pero no me provoca un retortijón en la tripa. No sé si me entendéis. Escuchar una canción de amor, o de ruptura, o, en el caso que nos ocupa, un disco entero, cuando tu situación se asemeja a la de la música es, sí, un tanto masoquista, pero también una ventaja. Estás tan en carne viva, que todo lo asimilas más. Ya os contaré, cuando el próximo hombre me rompa el corazón, qué se siente al escuchar "Don't You Remember" ("I have a fickle heart, and a bitterness, and a wandering eye, and heaviness in my head...") y llorarla entera. De momento la canto por las colinas de Hollywood, para desgracia de mis compañeros de tráfico, que como coincidan muchas mañanas conmigo deben saberse ya el CD de memoria.

Pero iba a lo del puente, que viene a ser lo mismo. Cuando estás desempleada, como yo he estado en diferentes momentos de mi vida, los fines de semana pierden sentido. Todos los días son fines de semana y la única diferencia es que los sábados y los domingos son los días en los que no puedes pedir trabajo y te subes por las paredes. Pero... ¿ir a la playa por la mañana? Se puede hacer un lunes. ¿Ir a la sesión del mediodía en el cine? Mismamente el martes. ¿Que me pierdo la clase de yoga de las 6.30 de la mañana? Tengo un día enteeeeero por delante para ir a la escuela. Parece idílico pero, dejadme deciros, es un asco. Llega el sábado y la excitación de que puedas dormir la mañana desaparece, los domingos vagos no son tan especiales porque la semana entera es así, y lo de salir de noche en viernes, para desahogar el estrés del trabajo... como que no.

Yo creo que por eso me he apuntado a las prácticas. Porque llega el viernes y pienso que tengo un día entero, enterito, libre para mí, para hacer lo que quiera. Lo mismo el sábado, el domingo y, en el caso que nos ocupa, el lunes y sus presidentes.

El desempleo devalúa el tiempo libre, y eso es como vivir para siempre: se devaluarían los años que tenemos para disfrutar del mundo.

miércoles 15 de febrero de 2012

De ángel a ángel, y tiro porque Cupido me toca

De vez en cuando te enamoras de golpe. No me gusta llamarlo amor a primera vista, porque lo primero que sientes no es lo que yo considero amor. Es atracción, es curiosidad, pero no amor. A veces, eso pasa.

Otras, en cambio, el roce hace el cariño, y aunque no sea el cuerpo perfecto o aunque a veces su sentido del humor sea diferente, te da cosas que nunca esperaste.

Como hoy es San Valentín, una de esas fiestas que me hacen resoplar, voy a celebrarlo de la forma más americana posible. Declarando mi amor, o cariño, a algo inherentemente estadounidense: Los Ángeles (a mi amigo Heider le acaba de dar un infarto).

Hay lugares, como París, Madrid, Nueva York o Dublín, que son fáciles de amar. Es como ver a Michael Fassbender (mi último marido) y darte cuenta de que es bello. Se tarda un segundo. Otros, como Los Ángeles, son, no sólo los chicos malos, sino los inaguantables. Ese tío al que juraste y perjuraste no mirar jamás, porque era un idiota. En verdad yo sólo conozco a esos chicos de las series, los idiotas de mi vida siguen siéndolo, pero oye... si alguien los escribe, será que existen. A lo que voy...

Los Ángeles es una ciudad muy cansina. Muy pesada. Para amarla, tienes que conocerla. Y para conocerla tienes que recorrerla. Y eso llevará, inevitablemente, a odiarla. Hoy leí una carta de amor a Eleí en la que el tipo decía que quienes se quejaban del tráfico aquí eran turistas, porque los angeleños de verdad lo toman como la desventaja de vivir en semejante prodigio de ciudad. Lo comparaba al mal olor de Nueva York (a mí Niuyor es que me huele a rosas, entonces no sé de qué habla). Yo estoy totalmente en desacuerdo con esa afirmación. A mí el tráfico no me molesta por el tráfico en sí, sino por las horas que echo, al cabo de la semana, sentada en un coche.

Pero esto iba de amor, no de odio.

La verdad es que uso el tráfico como excusa, uso la carcasa para pensar que no voy a echar de menos esta ciudad (ayer compré el billete de vuelta a España y ando como de luto). Y, como ciudad, igual no la echo de menos. Pero al contenido, demasiado.

Porque no sólo descubrí Eaton Canyon y sus cataratas, sino que lo hice de mano de Jeff y Josie. Porque fue Sara la que me llevó al Aroma por primera vez, y los camareros me conocen desde hace un año. Porque a yoga ya no voy sólo a clase, sino a ver a gente a la que le he cogido cariño. Porque mi escuela acabó hace un año pero los profesores que se han convertido en amigos siguen quedando conmigo para cafés y vinos. Porque mi clase no fue el límite de mis relaciones, sino que conocí a amigos, amigos de amigos y amigos de amigos de amigos que se han convertido en parte de mi círculo social también.

Y por muchas cosas personales. Porque estuve muy sola y pude con ello. Porque hubo épocas mejores, y otras peores. Porque encontré trabajos y seguí encontrándolos gracias a mí misma. Porque hace año y medio tenía la sensación de que LA no me quería aquí, que me estaba expulsando como a un piercing infectado, y ahora creo que LA ha dado el asunto por perdido y me tolera.

Porque es la única ciudad que pensé que me comería mentalmente, pero no lo hizo.

Por eso amo Eleí, porque me hace ser mejor persona. Y me hace verme como mejor persona.

PS: Cuando creo que irme va a ser demasiada tristeza, pienso en la 405 y se me pasa el disgusto.

miércoles 8 de febrero de 2012

DIARIO DE UN FESTIVAL EN EL FRÍO - CUARTA PARTE

28 de Enero
Decido ir a una película, por afán de ver todo lo que pueda, pero sin tener una clara favorita. Básicamente escojo Putin’s Kiss porque me permite dormir una hora más. Salgo del documental con el miedo en el cuerpo. ¿Cómo es posible que no supiese, hasta hoy, que existe una organización juvenil en Rusia llamada Nashi, que le lava el cerebro a una generación entera, alabando a la patria Rusa y la gestión autoritaria de Putin sobre todas las cosas? Qué. Miedo.

En la fiesta de clausura me encuentro con Martin Gooch, británico, que ha pasado por taquilla diariamente y que siempre quiere una peli feliz. Ayer le convencí para que fuese a ver How to Survive a Plague (“¿Un documental sobre el SIDA? ¿En serio?”) y me confiesa que, cuando empezó la película y vio imágenes de enfermos agonizando, pensó en volver a la taquilla y matarme. Afortunadamente el documental le gustó y cree que es necesario. 

El director de la película triunfadora, Beasts of the Southern Wild, anda atravesado por todo el local, con las manos en la cabeza y cara de no creerse lo que ha logrado. La prota, que tiene ocho años, se marca el baile de la noche en la pista a ritmo de I Gotta Feelin’. El equipo se abraza y da saltos. Me hace feliz verles tan felices.

También cruzado por todo el festival ha estado Edward James Olmos. Espero que lo haya pasado bien, le ha quitado totalmente el glamour a lo de encontrarse con famosos. Por Dios, sólo nos quedaba tomar cafés con él.

29 de Enero
Penúltima proyección del festival, última en mi caso. Veo Smashed, la historia de una joven adicta a la bebida que decide apuntarse a Alcohólicos Anónimos y que, con esa medida, arriesga su matrimonio, en donde lo único que les une son las borracheras. Mary Elizabeth Winstead, la novia de Soctt Pilgrim, es la protagonista y hace un papelón. Ya sabéis que en este país la gente lo hace todo pronto: casarse, beber, divorciarse, asociarse con AA… La película, a pesar de lo deprimente que pueda parecer, es en ocasiones divertida, sincera y muy natural. Yo, por asuntos del alma, tengo una proyección un tanto turbulenta. Y al ver tanto líquido siendo bebido me dan ganas de ir al baño y levanto a unas diez personas para que eso sea posible. Niña coñazo. 

Todas mis entradas de Sundance 2012
Corey volvió hoy a la taquilla. Celebraba sus once años sobrio. Le dije que ir a ver Smashed en tamaña ocasión sería un tanto irónico, pero decidió meterse en Love Free and Die, la historia de un obispo gay que no quiere dejar ninguna de sus dos pasiones, su trabajo y su novio. Corey dice que le pega porque él también es gay, a pesar de que yo me ría y le diga que puede ver películas sobre heterosexuales. Minutos más tarde vuelve y me pide el nombre. Quiere escribirle una carta a Sundance y decirles que yo he sido muy amable y que le he ayudado mucho. Si Park City me ha dado una historia, ésa es la de Corey. 

No vienen más que cuatro gatos a la taquilla y es un aburrimiento. Mi jefe dice que es una muerte lenta, porque además estamos todos para el arrastre ya. Cuando dan las cuatro y cerramos, la rutina de guardar ordenadores, recoger taquillas y despedirse de los compañeros ya la tengo memorizada de previos festivales, y tengo una sensación de deja vu. Porque aunque se parezcan, los festivales no son lo mismo ni yo sigo siendo la misma cuando terminan.